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domingo, 23 de agosto de 2020

EL PANTANO




Imagen original, tomada en zona de sierras en la provincia de Córdoba Argentina.






El calor era tan insoportable y húmedo que por momentos tuvo la sensación de estar nadando en un caldo espeso dentro de una olla en erupción.
 Yamile era una joven que junto a su familia, en circunstancias difíciles y casi accidentales, habían ido a parar a ese pueblo hostil al cual odiaban, a más no poder, pero que soportaban ante la firme decisión de abandonarlo apenas surgiera una mejoría en sus finanzas a fuerza de duro trabajo. Les desagradaba la idiosincrasia hechicera de la gente del lugar y la manera de tratar a los forasteros, (viajeros y turistas). Según las estadísticas, se consideraba una sociedad endémica por alcoholismo, pero sus habitantes minimizaban la cuestión argumentando que era sólo una costumbre alegre que se practicaba sólo para vencer la timidez excesiva de los lugareños.
 Para Yamile, el flagelo era una excusa más para obviar lo innegable de una cultura retrógrada y desviada.

 Su empleadora, Emilia Márquez, dueña del restaurante, se había retirado antes de la hora del cierre, algo raro en ella porque jamás permitía que sus empleados se quedaran fuera de horario en su negocio,  sin su estricto control y supervisor.
Ahora Yamile debería ir caminando hasta la ruta a esperar el autobús que la llevaría a casa, puesto que su patrona no estaba para llevarla en coche como lo venía haciendo desde hacía un año, cada atardecer, cumpliendo con una de las pocas atenciones de la que era capaz de brindarle.
  La mujer tenía dos hijas adoptivas, Ernestina y Cecilia,  dieciséis y catorce años respectivamente.
 A quienes trataba como sirvientas y que, además, parecía no importarle en absoluto sus vidas, mandándolas en horarios insólitos en compañía de algún peón a cumplir con algún supuesto “quehacer” y, además, se dirigía a ellas de un modo despectivo y altanero cuando creía no tener testigos cerca, sin embargo, delante de los clientes y empleados, simulaba con total histrionismo un cariño evidentemente inexistente. 
Todo el mundo era consciente de esa dolorosa realidad, sin embargo, preferían callar antes que enfrentarse al implacable poder de la dama más influyente del sector. 
Cuando Yamile salió hacia el camino de la pendiente, el sol aún le daba de lleno en la cabeza y sus rayos brillaban en sus negros cabellos.  Al llegar a mitad del sendero, notó como rápidamente las sombras les ganaban a las luces en el horizonte púrpura, avanzando rápidamente hasta cerrarse en una oscuridad.
  
El silencio era tan intenso, que podía escuchar los latidos de su corazón a cada paso. La ropa se le pegoteaba en el cuerpo y los mosquitos la devoraban sin clemencia. Maldiciendo, se detuvo un momento para encender el celular que, para colmo, indicaba apenas dos líneas de batería.
Apresuró el paso mirando con recelo a su alrededor. Pronto, los árboles de eucaliptos se habían convertido en monstruos somnolientos, recostados unos sobre otros ahogando los últimos resplandores del atardecer. Las piedras en el sendero curvo y polvoriento, se le antojaban bultos de criaturas burlonas esperando, al acecho, el momento oportuno para hacerle tropezar y lanzarse a la cara sus estruendosas carcajadas. Arriba se divisaba el imponente muro de contención del dique, el cual, conservaba el agua para abastecer a la población y regar los campos  sembrados. Debajo del paredón fluían las aguas de las napas permanentemente, que con el tiempo habían formado un tenebroso pantano cubierto de juncos y algas. Sus pesadas y oscuras aguas estancadas, despedían un olor pestilente y una nube de mosquitos salía de las espesuras deseosos de beber sangre.

 El pantano, era sin dudas, el lugar más peligroso de toda la zona aunque a simple vista no se lo podía advertir ya que al estar oculto entre la vegetación, cualquier desprevenido podría caer en su trampa y morir allí anónima mente.
 
 Yamile aceleró el paso cubriéndose la nariz con un pañuelo recordando las palabras de una de las hijas de su patrona, Ernestina, quien, en una oportunidad, mientras pasaban por el lugar en automóvil le advirtió: -si alguna vez recorres este camino a pie, jamás te detengas frente al pantano. ¡Huele realmente mal! Es una verdadera tumba, la gente de los alrededores arroja toda clase de deshechos allí, inclusive animales muertos, el juncal es un nido de víboras, la yarará, por ejemplo, es capaz de matar en segundos a una vaca con su poderoso veneno.
 Y ni hablar de la gigantesca lampalagua, una horripilante serpiente de piel oscura que puede llegar a medir de dos a tres metros, se alimenta de roedores y de otros animales más grandes.
De pronto oyó un suave rumor entre la broza oscura en dirección a la ciénaga, al instante un grito desgarrador estremeció el silencio reinante. Presa del pánico se lanzó a toda carrera cuesta abajo, tratando de llegar al otro bar ubicado a unos doscientos metros más adelante, donde, al menos, se sentiría a salvo a la luz de las farolas que rodeaban al predio, aunque sabía de antemano que el lugar estaría desierto ya que todos los servicios de la zona cerraban a la misma hora. Una más, de las tantas rarezas de los comerciantes regionales, no mostraban ningún interés en ganarse a los turistas, quienes, bajo esas circunstancias huían hacia otros pueblos de los alrededores, buscando mercancías y buena atención.

 Al llegar frente a la entrada principal, miró hacia adentro y notó que la calesita, ubicada en medio del hermoso parque central rodeado de pinos, estaba en pleno funcionamiento sonando con una suave melodía infantil y a unos metros en la galería, las luces permanecían prendidas y tanto las mesas  como las sillas del bar, perfectamente distribuidas alrededor. Se sintió esperanzada por un momento pensando que, tal vez, hubiera gente que pudiera atenderla.
 Se ubicó detrás de la tranquera buscando un llamador, rogando que, por milagro, alguien respondiera. Tocó la campanilla con insistencia, cuando de forma inesperada le salió al encuentro un enorme perro belga, ladrándose furiosamente.
 Ahogando un grito se cubrió el rostro de forma instintiva con su antebrazo pensando en un inevitable ataque, sin embargo, el animal, negro como la noche, resopló en un intersticio y para honor de su raza, rascó el suelo hacia atrás con sus enormes patas traseras levantando una nube de polvo y exhibiéndolo sus filosos colmillos amenazante, saltando la escasa valla y dispuesto a atacarla hasta hacerla trastabillar y caer, pero, curiosamente, sin tocarla.
.____ ¡Auxilio! ¡Auxilio! Gritó con todas sus fuerzas. Un hombre joven y robusto que salió detrás de los baños del camping de al lado, le chifló al perro, y amenazándolo con un palo, lo obligó a retroceder hacia adentro de las instalaciones del restaurante; el animal siguió gruñendo pero en forma lenta fue deponiendo resistencia hasta que se quedó echado en aparente calma en un rincón, mirándolo aún con los ojos rojos y desafiantes.  
Luego el hombre se acercó hasta la entrada y parándose a medio metro de distancia de ella, dijo con gesto de preocupación:  
____ ¡Buenas noches señorita! ¿Está Ud. bien? Y agregó. ____Yo soy el cuidador del camping.  
 Yamile lo miró con la barbilla hacia arriba, abrumada por su intimidan te apariencia: era extremadamente alto, con una mirada penetrante y voz de ultratumba.   
____ ¡Buenas tardes! Disculpe la molestia señor, ya estoy bien. ¡Gracias! Respondió, tratando de levantar la voz al ver que el hombre daba media vuelta y se alejaba presuroso hacia las instalaciones del camping, sin esperar respuesta.
 Yamile, casi, se arrepintió de haberse aparecido por ahí a pedir ayuda.  
Continuó la marcha hacia el puente que cruza el afluente de las turbinas des aguadoras de la concavidad del dique, a unos doscientos metros de la ciénaga. Se detuvo unos instantes para ver la hora en el celular, eran las 20  y recordó que el autobús pasaría a las 20: 45 y si no se apresuraba lo perdería, por tanto, eso significaría caminar por la carretera orillando el río, enfrentándose a las misteriosas apariciones nocturnas de las que la mayoría de los campesinos hablaban: el caballo blanco saliendo a todo galope de la iglesia abandonada, el solitario hombre de negro y el ahorcado, balanceándose debajo de un árbol en el bosquecillo de la última curva. No lo pensó dos veces, y apresuró sus doloridas y cansadas piernas.  
No había recorrido ni medio kilómetro, cuando ve salir una camioneta oscura del bar en dirección a la salida.
Instintivamente se parapetó detrás de un árbol, justo en el puente, ocultándose de las luces de la usina. El vehículo aminora la marcha para poder atravesar-lo, entonces Yamile observa que el conductor es el mismo hombretón que la salvó del ataque del perro y va acompañado de una de las niñas de la patrona, Cecilia.
 Preocupada, espera que el coche se aleje y cuando quiere salir lo ve dar la vuelta  pasando delante de ella sin ser vista, luego se detiene en el pantano enfrentándose a otro coche que se encuentra con las luces bajas y se aproxima con lentitud.
 Los dos automóviles quedan estacionados frente a frente, unos instantes después, bajan Cecilia y el gigante tomándola de los cabellos tratando de arrastrarla hacia el pantano, mientras ésta se defiende empujando y pataleando con desesperación. Al mismo tiempo, del otro vehículo desciende una mujer cubierta con una capa oscura y le propina una terrible bofetada a la joven y ésta cae desmayada. Es entonces cuando Yamile, indignada, sale a toda velocidad de su escondite y se larga a la carrera hacia ellos, gritándoles:
____ ¡Deténganse, malditos! ¿Qué hacen? ¡Alto, alto! En ese preciso instante el perro reaparece y se lanza sobre el hombre, derribándole al suelo y como una bestia rabiosa comienza a despedazar-lo La encapuchada intenta subir al auto para huir, pero Yamile la alcanza y le golpea la cabeza contra la carrocería del auto, presa de un ataque de ira indescriptible. La misteriosa mujer, herida, se refugia en la parte trasera del coche. Momentos después, el escenario se ve teñido en sangre bajo la escasa luz de las farolas. El perro se le acerca a la chica que está tendida en el suelo con las ropas rasgadas y ensangrentadas y se echa, exhausto, a su lado protegiéndola cómo un soldado que ha ganado una batalla.
____ ¿Qué ha pasado, que haces tú aquí? Pregunta la joven mesera. Y antes de que la niña reaccione y responda, busca el teléfono en su bolsillo tratando de prenderlo.   
____ ¡Maldición! debo llamar a la policía. Y este estúpido celular que no funciona  
____ ¡Mi hermana, salva a mi hermana! Exclama la niña. Y prosigue:
 ____En frente, en la galería… hay un… Después vuelve a desmayarse. Yamile corre hacia las instalaciones, notando que la música de la calesita ya no se oye y algunas luces del interior del bar están prendidas
 Encuentra un conector y lo manipula con gran nerviosismo, mientras con la otra mano sostiene el celular, esperando vuelva a prenderse.  
____ ¡Hola, hola! ¿Policía? Rápidamente, explica todo lo ocurrido y pide una ambulancia.  
El coche de auxilio y los agentes de policía estuvieron a los pocos minutos y después de chequear el lugar vallaron toda el área, mientras los médicos forenses acompañados de un fiscal, levantaban el cuerpo del gigante.
 En el lugar de los hechos, ya se hablaba de violación y  también de la muerte accidental del casero atacado por el perro. Obviamente la víctima de abuso había sido Cecilia, quien fue trasladada rumbo al hospital en estado de shock. Dentro de uno de los autos, custodiada por una mujer policía, se hallaba la misteriosa mujer encapuchada.

 Por curiosidad, Yamile quiso ver con detenimiento el rostro de su atacante, acercándose del lado de la ventanilla. La sorpresa fue perturbadora. Era, nada más ni nada menos, que la dueña del restaurante, su patrona. Ésta  la miró con una mueca diabólica y murmurándole al oído, afirmó
___ ¡Nunca la encontrarán!
 Al día siguiente, los obreros de hidráulica recibieron la orden judicial de refeccionar una bomba des-aguadora para limpiar la ciénaga, buscando evidencias. Así obtuvieron un hallazgo macabro y con la ayuda de los bomberos  rescataron el cuerpo sin vida de Ernestina, la mayor de las hermanas, cubierto de algas y víboras enroscadas en cuello, brazos y piernas. Se determinó que el cuidador del camping, fue el principal responsable del asesinato en complicidad con la poderosa Emilia Márquez, cabecilla de una banda de trata de personas, la única sospechosa detenida por el crimen del pantano.

MILENIUM

MURO DE LOS LAMENTOS, CIUDAD DE JERUSALEN, ISRAEL. IMAGEN ORIGINAL TOMADA EN OCTUBRE DEL 2019



E stamos en épocas de estar todos agolpados en las puertas principales, atropellándonos, con los codos, con los pies, a pisotones.
Empujando con los cuerpos el duro acero, aunque nos duelan los huesos y se nos crispen los nervios.
¡Ya no es tiempo de esperar, sino de desesperar, se han consumido las horas ya no hay nada que inventar!
El viento furioso, cortó las voces y los clamores.
¡No hay corazón, falta piedad!
¡El amor es un río que muy pronto se secará!
No se oirá más su canto en noches de enamorados, ni en canción de cuna, ni en el trinar de los pájaros.
Lamento del tiempo que presagia tormento, aviso final, momento crucial.
Huida nocturna sin luz ni sendero.
 ¡Ha muerto la luna, el sol está de duelo!

LA MADRE PATRIA Y EL MAR


IMAGEN ORIGINAL DEL MAR MEDITERRÁNEO. ISRAEL









¡Te sé triste y lejana, al otro lado de este inmenso mar!

Te sé pobre y abatida. ¡Madre qué sola estás!
Tus hijos te han abandonado, ya no brilla tu mirar.
Tus pechos se han marchitado, de tanto alimentar, a los tuyos y a los ajenos, que supiste cobijar.
¡Te sé sola y lejana! ¡Ay mi tierra, no sé olvidar!
Desearía cruzar estas distancias, con mis alas volar.
Respirar de nuevo tu buenos aires, reanudar paseos postergados, por tu verde pastizal.
¡Madre que sola estás!
¡Soy, la que te llora, tu hija! ¡Desde éste lado del mar! 

QUERUBÍN


QUERUBÍN






N
o hablaré, me duele la voz y el alma.
No tengo palabras para describir el espanto.
¡Que juzgue y aplaque el odio el eterno y soberano, que calme la tempestad como él solo sabe hacerlo!
Me quedaré en silencio ante la tenebrosa oleada y el abismo oceánico que no perdona, que devora vida y devuelve muerte.
Derramará lágrimas el azul universo, entre caballitos y estrellitas de mar, mecerá la espuma tu cuerpo pequeño.
¡Duerme querubín tu sueño eterno!

A LA MEMORIA DEL NIÑO SIRIO

LUNA DE MIEL

Su luna de miel había sido una larga batalla. Si bien, ella lo había correspondido cumpliendo sus obligaciones maritales, él sin embargo no pudo entender sus gritos de dolor, al punto de tener que desistir de continuar.  
Él, alto, corpulento, de bellas facciones y el corazón explotándole de emoción. Sin embargo, el carácter duro y frío de su esposa, heló sus sueños y deseos más ardientes.  
 Ignacio la quería mucho, a veces con un ligero estremecimiento, cuando volviendo juntos por la calle oscura le echaba una furtiva mirada a su esbelta figura, casi de su misma altura, muda desde hacía una hora.   
Ella, por su parte, lo amaba profundamente pero sin darlo a conocer.  
Durante dos meses vivieron envueltos en una perturbadora calma, aunque, sin dudas, él hubiera deseado menos severidad en ese singular nido de amor, más ternura, quizás, y menos silencios inexplicables. Pero el bello rostro de su esposa lo contenía siempre.  
El hotel era romántico y acogedor, con sus balcones floridos, frescos ambientes y sus jardines perfumados en las tardes primaverales, los cuales invitaban a los sentidos más sensuales.
 En ese refugio de ensueño, pasaron su desafortunada y tortuosa luna de miel.
    Una tarde, Ignacio invitó a su esposa a pasear por los jardines. Ella mostraba su acostumbrada indiferencia mirando de un lado a otro, tomada del brazo de su esposo. De pronto, el pasándole la extremidad por la cintura la atrae hacia si con un apasionado beso, ella le responde con una resonante bofetada. Luego lloró amargamente todo su dolor y su espanto echándole los brazos al cuello, hasta que su llanto cesó y se volvió a quedar muda e inmóvil.  
Al día siguiente, Luna amaneció con un semblante famélico y gran debilidad al hablar, le dolía todo el cuerpo y no quiso comer nada en absoluto, a pesar de los ruegos y esfuerzos de su esposo por darle la comida en la boca.
 El médico la examinó y no encontró nada. Al cabo de una semana, Luna empeoró hasta el borde de la muerte.  
 Ignacio se paseaba de un lado al otro de la habitación sin saber qué hacer, las luces se mantenían prendidas día y noche, por pedido exclusivo de ella.   
Mientras tanto el conserje, que siempre sonreía, aun cuando hablaba de temas complicados, fue interceptado por Ignacio en las escalinatas de la entrada al hotel.  Le preguntó si vio entrar a alguien a la habitación en su noche de bodas, mientras él había salido a comprarle un ramo de flores y chocolates a su esposa. El hombre, casi ofendido, le contestó que no acostumbraba espiar a los huéspedes. Y con la misma sonrisa burlona en el rostro, se apartó de su camino.
  
Pronto Luna comenzó a tener alucinaciones confusas y flotantes al principio, y que luego descendieron a ras del suelo.
 Miraba con los ojos desmesuradamente abiertos el techo y luego bajaba la mirada a uno y a otro lado del respaldo de la cama. Una noche quedó con los ojos fijos de espanto y un perlado sudor en sus mejillas y labios, luego abrió la boca en un grito desgarrador.  
____ ¡Ignacio! ¡Ignacio! Clamó espantada.  
Ignacio, que había salido al balcón a tomar un poco de aire, se volvió a la habitación. Al verlo aparecer, Luna lanzó un alarido de terror.  
____ ¡Soy yo, Luna, soy yo!   
Ella lo observó con extravío y continuó así por un largo rato, hasta que volvió en sí. Tomó las manos de su esposo, entrelazándolas a las de ella y le pidió perdón.  
Los médicos volvieron, inútilmente. Tenían delante de ellos una vida que se desangraba día tras día sin saber cómo.  En las noches aparecía esa extraña enfermedad, en nuevas oleadas de sangre.

       Una mañana, cuando Luna había amanecido en síncope, a Ignacio se le ocurrió llamar al médico de cabecera, aun cuando ella se había negado a recibirlo.
  Al verlo, la joven mujer quiso incorporarse de la cama, pero no logró su cometido y cayó desvanecida. El médico, pidió al esposo esperar afuera para poder revisarla.
Media hora después, salió de la habitación dándole a Ignacio la triste noticia. Luna había fallecido tras una grave infección genital, por un desgarro que causó la prótesis de la operación transgénero realizada, dos años atrás.

GOLPEANDO LAS PUERTAS DEL CIELO

 









 Lo despertaron unos extraños ruidos provenientes del espacio exterior, primero creyó que eran las turbinas de un avión acercándose. Se asomó a la ventana esperando verlo pasar por sobre el edificio de departamentos donde se encontraba, pero no, nunca apareció. Continuó un minuto inmutable, hasta que no resistió más y se vistió rápidamente para salir a la terraza, a pesar de que eran las tres de la madrugada. El cielo estaba estrellado y el frío del sereno se hacía sentir como un manto de escarcha envolviéndole su cuerpo, aún tibio, al salirse de la cama. Permaneció otro rato expectante, rodeado de silencio, cuando de pronto volvió a escuchar el mismo sonido, pero esta vez con mayor intensidad.
Venía de todas las direcciones, el ruido llegaba como en ondas envolventes y comenzó a inquietarse más y más  hasta que una luz blanca y brillante en forma de cono se posó sobre su cabeza y luego una fuerza descomunal lo encumbró hacia las alturas, en cuestión de segundos.
 Despertó acostado en un campo sembrado de amapolas rojas y el disco dorado del sol acariciándole el rostro, mientras unos sonidos de trompetas celestiales anunciaban un nuevo día. Trató de incorporarse, pero el cuerpo se le negaba a desprenderse de ese lecho tibio y reconfortante, como jamás había sentido. Recordó a alguien decir por ahí, que la sensación de bienestar que se siente estando en la cama o viajando en coche (de ahí que mucha gente se quede dormida) es lo más parecido al placer experimentado por el ser humano, antes de nacer, refugiado en el vientre materno.  
Más tarde se durmió con placidez entre la suavidad y perfume de las flores. En sueños pudo ver a un inmenso león recostado a su  lado y más allá en una verde pradera, a un rebaño de ovejas pastoreando apacibles.  Una indescriptible sensación de paz lo envolvía todo a su alrededor, pero sin saber por qué razón no podía despertarse y ponerse de pie para disfrutarlo todo mejor.
De pronto el león giró su cabeza en dirección a él y comenzó a hablarle:
____Esto es lo que tendrás si puedes mantenerte sobrio. Tus ojos llegarán a más distancia y podrás tomar cualquier cosa que desees, pero veo poca confianza en ti mismo y disminuidas tus fuerzas. Eso quiere decir que no estás preparado para el porvenir.
 Tienes que animarte. ¡Debes hacerlo! Hace demasiado tiempo que espero tomes una decisión. Es mejor que cambies de plano para ver qué sucede contigo.
 Diciendo esto el rey de la selva se incorporó y sacudió su melena al mismo tiempo que un poderoso rugido salió de su garganta, como un estruendo.   
Luego despertó en medio del mar, flotando en una cama de espuma blanca, más suave aún que el campo de flores y más atractiva y confortable. Miró en dirección al cielo y vio a un ángel tocando una trompeta que no dejaba oír ningún sonido, o al menos, él no lo escuchaba. Entonces el ángel lo miró y comenzó a hablarle, pero tampoco resultó, era como si estuviera dentro de una burbuja hermética, en un mundo donde reinaba un absoluto silencio.
Mientras, entre las esponjosas nubes, otros bellísimos seres angelicales danzaban al son de una música que se percibía celestial.  
Se volvió a  dormir sin entender lo que sucedía y despertó en la cima de una montaña, tratando de ponerse de pie con dificultad, pero con la firme intención de lanzarse al vacío, preso de una intensa crisis existencial: 
Desprovisto de amor, apego a la vida y a la belleza de todo aquello que la constituye; unos instantes previos al final, se despojó de su ropa, de los cigarrillos, las anfetaminas, el alcohol y otras sustancias toxicas y se arrojó al abismo.
Las luces de las ambulancias y los sonidos ensordecedores de las sirenas lo despertaron camino al hospital, a su lado, su padre sujetándole las manos, gritaba: ____ ¡No te mueras hijo mío!
 Un médico le practicaba resucitación y un enfermero le hacía compresión en la herida del costado que empapaba de sangre las sabanas de la camilla, después de que se tirara de la terraza a cinco pisos de la acera y cayera sobre un coche, el cual, había amortiguado la caída, evitándole una muerte segura.
 A medida que iba recuperando, poco a poco, la conciencia reconoció unos bellos ojos claros que lo miraban con infinito amor y una voz firme y potente le animaba diciéndole:   
____Debes luchar hijo, vamos no aflojes, debes erguirte, mantente despierto, debes volver a la vida, recuperar la confianza.  Mientras tanto, de alguna radio cercana se escuchaba su canción favorita: ´”Tocando las puertas del cielo”.

DESAFÍO A MUERTE


 El joven soldado Dante Petra, de dieciocho años de edad pertenecía a la Brigada Aerotransportada 4 de paracaidismo y había ingresado desde hacía unos ocho meses, más o menos, al servicio militar obligatorio con mucho entusiasmo y valor.
 Corría el año 1978 y la República Argentina se preparaba para una inminente guerra con su país vecino, Chile.  
 En un campo cercano al regimiento, la brigada con ciento cincuenta soldados y sus principales, realizaba maniobras de guerra en forma intensiva durante largas y extenuantes jornadas.  
 Cada mañana tocaba hacer interminables expediciones al monte, donde se instruían en reconocimiento del área mediante rastreo exhaustivo, practicando ejercicios de combate en lugares inhóspitos y plagados de insectos ponzoñosos y una tupida vegetación. Los espinillas que sobresalían de las ramas, lastimaban  sólo con un roce y a ras del suelo, mientras practicaban ejercicios  de resistencia, se encontraban con filosas piedras y rosetas de enormes púas que se les clavaban en los codos y antebrazos, profunda y dolorosamente.  
El río descendía helado y tumultuoso desde las montañas serranas y era allí donde se tenían que bañar, después de cada agotadora jornada de actividad, a última hora del atardecer.

 Después se dirigían en grupos, hacia las carpas para vestirse y preparar la cena  en la cocina de campaña, bajo un cielo gélido y estrellado como único testigo del sacrificio patriótico.   
Más tarde, se retiraban a descansar hasta el amanecer del día siguiente. Otros soldados seleccionados en grupos de diez hombres, en cambio, debían hacer la guardia, llamada (imaginaria), durante toda la noche y sin moverse del lugar asignado, ni dejar caer sus armas reglamentarias, fusil (FN FAL PARA C), el cual, debían portar en todo momento: durante las maniobras de combate, durante la cena y hasta para ir a dormir. El arma se consideraba imprescindible y se castigaba duramente a todo aquel soldado que se desprendiera de ella bajo cualquier circunstancia o motivo. Su sistema reversible se debía a la adaptación de los ejercicios de paracaidismo, se calibraba manualmente, según las maniobras de salto, desde el avión. 
 Durante la noche vestían sus cuerpos, sólo con ropa interior y remeras de manga corta de algodón y con una única frazada para protegerse del intenso frío invernal.   
El soldado Dante Petra  tenía una excelente conducta y se destacaba en distintas áreas: tiro al blanco, salto en paracaídas, boxeo y contaba con un envidiable estado físico y esto generaba celos y competencia entre sus camaradas y, aún, entre sus superiores.
     
En una oportunidad,  estando  en pleno ejercicio de formación, fue expulsado de un empujón de las filas por el sargento primero Heredia, diez años mayor que él, argumentando que su postura respecto al arma reglamentaria, era incorrecta y eso podría costarle la vida tanto a él, como a cualquiera de sus compañeros, en el supuesto caso de tener que participar en un conflicto bélico. Argumento por demás exagerado e injusto, según el criterio del soldado y de todos los presentes. El sargento nunca perdía la oportunidad de molestar a su subordinado creando un clima tenso entre ambos, que parecía iba a estallar en cualquier momento.  
 Tiempo después, estando D. Petra finalizando uno de los saltos en paracaídas, fue a entregar el fusil a la sala de armas donde lo debía hacer normalmente cada compañía al finalizar los ejercicios. Como era de esperar, se encontró allí con el odioso sargento. Éste aprovechando la oportunidad de verse solos, los dos, frente a frente, lo increpó diciendo: 
____ ¡Che pibe! ¿Qué te parece si estando acá solios me probas tu hombría?  
_____Te cuento, yo tengo el arma cargada, como es de esperar de un superior y sé que vos no, como es de esperar de un subordinado. Diciendo esto levantó el arma reglamentaria, pistola 45 y apuntó a la cabeza del joven.  Sin embargo, la situación dio un giro inesperado cuando el soldado respondió:
____ ¿Quién le dijo a usted que yo tengo el arma descargada? Y diciendo esto le colocó el FAL en el estómago. Y agregó: _____Ahora sólo resta saber quién tirará primero. ¿O prefiere lo hagamos juntos? 
El sargento empalidecido por la sorpresa, bajó el arma y se retiró del lugar sin pronunciar palabra. 
Cuando el soldado en cuestión quedó solo en la sala quitó la única bala que tenía la recámara del fusil y la devolvió a su caja correspondiente, tal como lo venía haciendo desde que se sintió amenazado por el sargento aquella primera vez en las filas, en el batallón del cuarto regimiento de paracaidismo, en su propio territorio preparándose a diario para una ofensiva interna  y en la cual no pensaba entregar su vida. La otra guerra anunciada, nunca prosperó, pues los dos países hermanos llegaron a un acuerdo de paz.